Habían pasado tres años de convivencia. Dormir, comer,
caminar, hablar, pensar, todo lo hacían juntos, alrededor del maestro. Jesús cuando llamó a los doce los reunió para que convivieran con Él, para que aprendieran de su propio ejemplo. ¿Existe una mejor manera de enseñar que con la vida propia? La tarea que tenía Jesús con este grupo reducido era muy importante. Era ni más ni menos que formar a los primeros líderes de la Iglesia.
Más de mil días pasaron junto al maestro. ¿Cuántas cosas les habrá enseñado por día? ¿Una? ¿Diez? ¿Veinte? En los evangelios podemos encontrar algunas, pero ¡deben ser miles más! Las últimas palabras del evangelio de Juan dice que ‘Jesús hizo también muchas otras cosas, tantas que, si se escribieran cada una de ellas, pienso que los libros escritos no cabrían en el mundo entero’ (Juan 21:25). ¡Qué increíble debe haber sido vivir pegado a Jesús!
Llega finalmente el último día de esos tres años. Jesús ya sabía que aquella noche se despedía de sus amigos. Era la última cena. La cena de la despedida. Las últimas horas juntos en intimidad.
La despedida
Hay una frase armada para las despedidas, por lo menos en las películas. Siempre dicen lo mismo: ‘Odio las despedidas’. El momento de la despedida a veces es difícil cuando sabes que no volverás a ver a la otra persona. En otros casos es diferente. Cuando nos vamos de campamento, por ejemplo, la despedida con mamá es escucharla decir: ‘¿Llevas el cepillo de dientes?’, ‘Abrígate bien’, ‘No te olvides de llamarme cuando llegues’, ‘Cuida bien tus cosas’. Si nos ponemos a pensar, este tipo de despedidas es más bien de cuidado. Son consejos para que todo salga bien y nos vaya bien.
Si nos ponemos en los zapatos de Jesús, ¿qué hubiéramos dicho en esa despedida? Es la oportunidad para darles el consejo final, la instrucción más importante, ¡la clave de la vida! Por supuesto que el Maestro no desperdició la oportunidad. Como habituaba Jesús, su enseñanza fue a través de su propio ejemplo.
En aquella época y lugar la gente caminaba en sandalias por caminos polvorientos, y terminaban con los pies muy sucios. Cuando se sentaban a la mesa, que por cierto eran muy bajas, los pies de uno quedaban prácticamente en la cara del otro. La costumbre era que un sirviente lavara los pies a los invitados antes de entrar a la casa. No sé lo que pasó en esta ocasión, pero esta vez el encargado de hacerlo no estaba y parece ser que todos decidieron sentarse con los pies sucios. Me imagino cuando cada discípulo llegó y se encontró con que no estaba la persona encargada de lavar los pies. ¿Qué habrá pensado el primero en llegar? ‘Uy… ¿y ahora qué hago? No está el que lava los pies. ¿Me los lavo yo? ¿Se los lavo a los demás?.’ Quizás haya pensado que esa no era la tarea que le correspondía. ¿Y los que entraron después de él? Aparentemente todos tuvieron el mismo pensamiento porque estaban todos sentados con los pies sucios. ¡Ni siquiera se les ocurrió lavarle los pies al Maestro!
Entonces Jesús ‘se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura’ (Juan 13:4-5). Cuando terminó de lavarles los pies les dijo: ‘Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes.’ (v. 15).
Era la última noche, el último consejo, la última instrucción. Les estaba dando la clave de todas las cosas. En otras palabras, Jesús les estaba diciendo: ‘Muchachos, lo más importante de todo es tener la actitud de siervo. ¡Tienen que servir a los demás! ¡Aún en las cosas más pequeñas!’ Lavar los pies no era gran cosa, no era una tarea ni que hacía alguien privilegiado ni que tenía algún talento en especial.
Era algo común, cotidiano y que cualquiera podía realizar. Podríamos decir que casi era una tarea insignificante. Tal era así que ninguno de los discípulos se atrevió a hacerlo, a tal punto que se sentaron con los pies sucios.
En nuestro diario vivir nos encontramos con situaciones muy similares. Vemos cosas por hacer y ¿qué hacemos?
Yo me imagino a Jesús entrando a mi casa y encontrándose con los platos sucios. ¿Qué haría? O me lo imagino por la calle ayudando a alguien que se le ha caído la bolsa del supermercado. ¿Son estas tareas insignificantes? A nuestros ojos sí. Jesús no dudó en servir en una tarea que para nosotros (y para los discípulos) era insignificante.
Jesús enseñó acerca del servicio en varias oportunidades, pero aquella noche debía hacerlo nuevamente para que notaran su importancia, dejándonos las palabras, ‘hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes’. ¿Te animás?
Por Adrián Romano