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Las Apariencias Engañan

Supongamos que contestas a la puerta y recibes una carta por correo expreso. La abres y comienzas a leerla; estás tan excitado que no lo puedes creer: ¡esta carta podría cambiar tu vida y hacer realidad todos tus sueños financieros!

La oficina de personal de una gran compañía multinacional está invitando a postulantes para presentarse a un cargo cómodo, de jerarquía, con una remuneración inicial que representa tres veces tu salario actual, con aumentos sustanciales todos los años y posibilidades formidables. Lo único que tienes que hacer es completar la solicitud de empleo adjunta y remitirla a la casa central de la compañía. Te sientas, sin demora, y llenas el formulario.

Según la solicitud de empleo, deberás someterte a una revisión completa de identidad. La oficina de personal solicita el envío de un paquete con material que describa en detalle quién eres. ¿Qué enviarás?

Posiblemente comiences con una fotografía: la que encuentres con la pose más halagadora y profesional. Hurgando en un cajón, revisas montones de fotografías, y recuerdas que algún día tendrás que quemarlas: esa fotografía de pasaporte espantosa, la instantánea en traje de baño con algunos kilos de más, una fotografía vieja con ropa y peinado irrisorios por ser tan pasados de moda. Decides sacarte una fotografía con un profesional para hacer las cosas bien. No cabe duda de que realmente deseas mostrar tu mejor aspecto para esta situación.

Preparas, entonces, tu curriculum vitae: un registro largo y pormenorizado de tu educación, tu carrera profesional y tus actividades cívicas y religiosas. Casi estás tentado a agregar al paquete una lista de tus logros más notables: los cargos y los ascensos que has tenido, los honores y premios recibidos. Para que sobre y no que falte, puedes agregar algunas cartas de recomendación de amigos y colegas que saben qué buena persona eres. Encima de todo pondrás la carta de tu pastor, en la que elogia tu servicio desinteresado a Dios y a los demás.

Envías tu paquete y te sientas a esperar, con una sonrisa de satisfacción. Tienes la certeza de que tan pronto como la gente de la oficina de personal lea toda esa documentación, el trabajo ya será tuyo. Pero a los pocos días te devuelven el paquete con una nota de la oficina de personal: «Solicitud incompleta. El paquete incluye apariencia física, buen desempeño y logros; pero no nos ha dicho mucho sobre quién es.»

¿Quién eres?

Si recibieras ese mensaje, ¿cómo te sentirías? Posiblemente dirías: «Pero les dije quién soy. ¿Qué más les puedo decir?»

Piensa en esto. ¿Qué cosas te convierten en lo que eres? Como está implícito en la ilustración anterior, no son los atributos físicos, ni una impresionante educación o carrera profesional, ni tus muchos logros, ni tus dones espirituales. Tampoco es tu origen étnico, tu linaje, tus convicciones sociopolíticas o tus ideas sobre la segunda venida de Cristo. Todos estos elementos, si bien importantes, no constituyen lo que de veras eres. Son meras capas externas de tu identidad.

Hay un refrán que dice que «el hábito no hace al monje». Pienso que nadie puede poner en duda esta afirmación. La vestimenta puede hacer destacar a una perdona, o disfrazarla por un tiempo, o promocionarla estratégicamente; pero de ningún modo hacen a la persona. La identidad está compuesta por algo más que los adornos y cosméticos con los que engalanamos nuestro cuerpo. La dieta y el ejercicio físico de última moda prometen convertirnos en una nueva persona: «Deshágase de esos kilos, tonifique sus músculos y observe cómo cambia su vida.» Pero, ¿acaso puede un cuerpo transformado afectar nuestra verdadera identidad? Por supuesto que no. Podremos sentirnos mejor y vivir más años. Nuestra verdadera identidad, no obstante, tiene poco que ver con el hecho de estar plenamente en forma o algo pasados de peso.

Teniendo en cuenta que estas capas exteriores son, entonces, meros accesorios de tu verdadera identidad, ¿quién eres en definitiva? La respuesta a esta pregunta no te califica ni descalifica para un trabajo cómodo y bien remunerado. En realidad, necesitas comprender quién eres porque este conocimiento es mucho más importante para tu vida que una carrera prestigiosa y lucrativa.

El núcleo de tu identidad, y en particular la percepción que tienes de la misma, desempeña un papel fundamental en la manera en que te conduces en la vida cotidiana: cuánto gozo disfrutas, cómo tratas a los demás y cómo respondes a Dios. Es esencial que sepas quién eres, sin confundir tu identidad con el aspecto físico y con lo que haces.

¿Te sientes feliz, y hasta entusiasmado, con lo que eres y hacia dónde diriges tu vida? ¿Sientes paz interior aun cuando las capas externas de tu aspecto físico, tu desempeño y tu posición distan mucho de ser perfectas? Si no tienes una noción clara de quién eres por debajo de estas muchas cubiertas externas, puedes experimentar un grado de insatisfacción y falta de sentido en tu vida. Puedes vivir permanentemente frustrado, como aquel estudiante universitario que me dijo: «Josh, conozco por lo menos a veinte personas que preferiría ser en vez de ser yo mismo.» O puedes tener la desgracia de vivir en el más completo desaliento, como aquel hombre que me escribió diciendo: «Estoy solo y confundido. Siento que, sencillamente, ya no vale la pena seguir viviendo esta vida. Me duermo llorando todas las noches. A veces solo deseo estar muerto.»

La crudeza de la pregunta «¿Quién soy?» puede resultarte nueva. Puedes haber estado tan preocupado por tus capas exteriores que no puedes reconocer el gran valor y mérito de tu persona, creada a la imagen del Creador y coronada «de gloria y de honra» (Salmo 8:5).

        El concepto que tienes de ti es el resultado de distintas influencias. Si tus orígenes tienen una orientación conductista, puedes entender que la vida es un accidente cósmico donde las personas son poco más que máquinas programadas. Si sostienes un punto de vista existencial, puedes considerar que la vida es un absurdo. Si estás de acuerdo con los evolucionistas humanísticos, te considerarás algunos eslabones genéticos más desarrollado que los monos. En cualquiera de estas situaciones, la pregunta de la identidad es polémica porque el valor de la especie humana es, en último caso, incierto. Si los humanos no somos más que polvo inservible en el universo, es fácil suponer que el valor y el sentido de lo humano son extremadamente insignificantes.

Otra postura secular que puede haberte influenciado afirma que los seres humanos son completamente independientes y autónomos. Quienes proponen este punto de vista afirman que la ciencia y la tecnología han derribado las barreras de las supersticiones y los temores primitivos que mantenían cautivos a nuestros antepasados. Hemos dejado atrás nuestra necesidad de Dios y de la religión: somos libres para vivir como queramos. Para estos, la pregunta sobre la identidad personal también carece de sentido ya que, con atrevimiento, han asumido el papel del Creador en la experiencia humana.

Identificados con el Creador

Una joven hizo el siguiente comentario sobre su amiga: «Es una de las mujeres más hermosas del mundo, pero ella cree que es horriblemente fea; se considera grotesca. Por eso no puede confiar en nadie que le diga que la ama. Parece que estuviera diciéndole a Dios: “Dios, si tú me amas, debes ser un idiota.”»

La única realidad en el punto de vista de esta joven es que Dios verdaderamente la ama. Su razonamiento es erróneo porque no se da cuenta de que el Dios de amor tiene la clave de su identidad. Solo él conoce su verdadero valor, infinitamente más preciado que su aspecto físico, su desempeño o su posición. Solo él puede colmar su necesidad de aceptación, de amor y de significado.

Las personas necesitan saber que Dios, su Creador, las ama y las aprecia. En tal sentido es que el cristianismo le habla a la humanidad en su búsqueda de identidad y propósito en la vida. Una relación personal con Jesucristo libera a la persona para que cumpla el propósito para el que fue creada. Aceptar a Cristo no es únicamente aceptar una filosofía de vida, sino que implica establecer una relación personal con el Creador amante, aquel que nos conoce de una manera perfecta y nos ama con un amor pleno. Somos hijos del Rey de reyes por toda la eternidad. ¿Quién puede ser más feliz y sentirse más satisfecho en la vida que alguien con esta identidad?

Por desgracia, en los albores del tercer milenio muchas personas de la población, e incluso muchos cristianos, sufren estrés, son infelices, se sienten insatisfechos y hasta están desalentados. ¿Por qué? Porque la mayoría duda de su verdadera identidad. Nuestra cultura, en gran parte, acepta y transmite el hecho de que tenemos poco valor y significado personal intrínseco. Hasta la iglesia es, en ocasiones, culpable de empañar el asunto de la identidad cuando pone demasiado énfasis en la vieja naturaleza pecaminosa, ya crucificada y sepultada con Cristo.

Mirarnos como meros «pecadores convertidos» puede afectar negativamente nuestro sentido de identidad. Después de todo, no nos referimos a las mariposas como gusanos convertidos. Una vez que se convierten en mariposas, lo viejo desaparece y lo nuevo ocupa su lugar. Cuando confiamos en Cristo, nos convertimos en nuevas criaturas: «las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas».

Espero que la lectura de este libro te ayude no solo a comprender quién eres de veras, sino también a disfrutar ser esa persona. Sé, por experiencia personal, que el punto de vista bíblico de Dios, de ti y de los demás, será una fuerza liberadora en tu vida. Cuando comiences a identificarte con el Rey, comenzarás a vivir como un príncipe o una princesa, que es lo que en definitiva eres.

Tu identidad como hijo de Dios determinará tu manera de encarar la vida, las luchas, la convivencia y tu relación con Dios.

Lo que No eres

Antes de analizar los factores que constituyen nuestra verdadera identidad, debemos considerar lo que no somos. Dejemos de lado los mitos culturales imperantes, según los cuales el aspecto físico, el desempeño y la posición, constituyen la base de nuestra identidad personal.

Mito 1: La apariencia lo es todo

No hay, hoy en día, atributo personal más valorado por nuestra cultura que un aspecto físico atractivo y agradable. Las personas se preguntan todo el tiempo: «¿Qué tal luzco?» Tendemos a juzgarnos de acuerdo con los elogios o las burlas que los demás hacen basados en nuestro aspecto físico.

Encontramos los orígenes de esto en la infancia. Por desgracia, los niños pueden ser despiadados en el trato relacionado con el aspecto físico de sus iguales. Los apodos como Cuatro Ojos, Narizón, Bembón o Gordo, pueden afectar desfavorablemente el sentido de identidad de las personas. Algunos padres se suman a la crueldad. Como una gracia, una madre se refería a su hija como «la fea de la familia». ¿Qué concepto podía tener de sí esa niña mientras crecía? Si fuiste blanco de esta clase de bromas, muy posiblemente habrás interiorizado un sentido de identidad muy desvirtuado: «Soy un cero a la izquierda, feo y bizco.»

La importancia que le damos al aspecto físico es evidente en las sumas astronómicas de dinero que gastamos en vestimenta, cosméticos, joyas, peinados y ejercicio físico. Para muchas personas, simplemente realzar el aspecto físico no es suficiente. Es imposible calcular los millones de dólares que se gastan cada año para cambiar el aspecto físico, recurriendo a cirugía plástica, liposucción  y tatuajes. En la actualidad, la gente se «arregla» todo, desde la nariz hasta el ombligo, usan colgantes y se ensortijan con pendientes cualquier parte imaginable del cuerpo. Los demás, y nosotros mismos, nos juzgamos más o menos favorablemente según estemos más o menos «de película».

Susan, una joven profesional, trabajaba diariamente rodeada de mujeres bellas. Es muy atractiva, de acuerdo con los estándares contemporáneos, pero ella no se considera así. Su madre le ha estado repitiendo, desde que era adolescente, que tiene una silueta fea. En lugar de reconocer su valor y mérito como creación divina, Susan cree que es fea e inadecuada. Está convencida de que ningún hombre la querrá porque tiene un cuerpo imperfecto. El trabajar rodeada de mujeres a quienes considera hermosas, solo consiguió que se sintiera peor acerca de sí misma. Su inseguridad con respecto a su aspecto físico comenzó a afectar la calidad de su trabajo y, finalmente, Susan perdió su empleo.

Sam tenía una deformidad porque un accidente en la niñez lo había dejado con cicatrices permanentes en la cara. En la adolescencia, sus compañeros lo rechazaban, en especial las muchachas. Su sentido de identidad perturbado puede resumirse en una palabra: un excéntrico. Como consecuencia, Sam se retrajo socialmente y se escapó a un mundo irreal: se pasaba hasta veinte horas semanales mirando películas. Posiblemente, también creyera que la oscuridad de la sala cinematográfica era el lugar apropiado para el ser extraño que se consideraba.

Nuestra apariencia, o la imagen que creemos que presentamos a los demás, constituye en parte nuestro sentido de identidad. En nuestro subconsciente hemos llegado a creer que las personas más hermosas son las más apreciadas, y como todos queremos ser apreciados, procuramos ser personas hermosas.

Pero, ¿puede acaso nuestro aspecto físico determinar nuestra verdadera identidad? Por supuesto que no. Esto es un mito. Si así mera, Jesús nunca se hubiera acercado a los leprosos, los pobres, los paralíticos y los ciegos, aquellas personas cuyo aspecto físico, según los estándares humanos, era cualquier cosa menos hermoso y agradable. Podemos estar agradecidos porque nuestra identidad como criaturas de Dios cala más hondo. La Biblia nos recuerda: «La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón» (1 Samuel 16:7).

Con esto no quiero decir que el aspecto físico carezca de importancia. No hay nada malo en estar bien arreglados, tener buen gusto en el vestir y cuidar de nuestro cuerpo para lucir bien. El error es hacerlo para ser alguien. Como creación exclusiva de Dios, sin considerar las apariencias, ya somos alguien de infinito valor y mérito.

Mito 2: Eres lo que haces

Otro mito de identidad sugiere que el desempeño determina nuestro valor e identidad. La sociedad asigna mucha importancia al trabajo y valora a las personas por sus realizaciones y su rendimiento. En muchos círculos, la capacidad se mide por comparación. Las personas que trabajan más y mejor que sus compañeros de trabajo tienen mayor posibilidad de ser recompensadas con ascensos. En esta atmósfera somos propensos, por error, a equiparar nuestra identidad con lo que hacemos, en especial cuando nos comparamos con los demás. En consecuencia, podemos sentirnos amenazados cuando otra persona triunfa, o nos podemos sentir tentados a tener un orgullo impropio cuando nuestras habilidades superan a las debilidades ajenas.

Conozco estos sentimientos en carne propia. Hace unos años me invitaron a hablar en una conferencia para solteros en el estado de Florida. Como no podía concurrir, le sugerí al director de la conferencia que invitara a mi querido amigo y antiguo compañero de dormitorio en Wheaton College, Dick Purnell.

-Pero no conocemos a Dick Purnell- se quejó el director de la conferencia.

-Le aseguro- le respondí -que su grupo quedará encantado con él.

Después de la conferencia, el director me llamó y, medio en broma, me dijo:

-¡Vaya si estamos contentos de que no haya podido venir! ¡Dick Purnell estuvo sensacional!-

          Por unos instantes mi amigo Dick parecía representar una tremenda amenaza. Mis sentimientos negativos me advertían que estaba haciendo que mi identidad y seguridad dependieran de mi ministerio como conferencista. Pude, sin embargo, vencer esos sentimientos y contar esa historia a otros, diciendo de corazón:

-El comentario del director con respecto a mi ausencia fue uno de los acontecimientos más provechosos en mi crecimiento cristiano durante este año.

Unos meses más tarde, me invitaron a hablar en una conferencia para el personal de una aerolínea. Esta vez no podía aceptar la invitación por motivos de salud; nuevamente recomendé a Dick. Un tiempo después, encontrándome en un avión, conocí a una azafata que había estado en esa conferencia. Me dijo:

-¡Qué bueno que haya estado enfermo! ¡Todo el mundo quedó encantado con Dick!

Esta vez mi corazón se llenó inmediatamente de agradecimiento por Dick y por su capacidad como comunicador.

Después de haber recomendado a Dick dos veces para que hablara en mi lugar y de haber conocido a personas que estaban más que contentas porque yo no había podido concurrir, sin duda alguna estoy muy feliz de que mi identidad dependa de algo más profundo que mi desempeño. Hubo un tiempo en que hubiera percibido esas respuestas como una amenaza a mi persona y a mi amistad con Dick. Ahora, en ocasiones deseo que ¡ojalá hubiera cientos de Dick Pumells para enviar en mi lugar!

Los adictos al trabajo son personas que, sin duda, basan su identidad en el desempeño. Todos tenemos algo de este rasgo en nuestra personalidad. Los ministros y los obreros cristianos suelen sufrir de la adicción al trabajo porque sienten que su valor ante Dios depende de llevar a cabo el trabajo de su ministerio y de cumplir con la gran comisión. Otros adictos al trabajo solo se sienten bien si están completamente agotados después de largas horas de trabajo. Una mujer me dijo: «Me siento bien cuando de noche estoy tan cansada que no puedo ni moverme.»

Tengo un amigo que me ha contado su lucha contra este patrón de equiparar el valor y la identidad con el desempeño. Criado en un hogar cristiano, no importaba lo bien que se desempeñara en una tarea, sus padres siempre querían que lo hiciera mejor. Nunca les escuchó decir: «¡Buen trabajo!» La aprobación de sus padres, especialmente de su padre, parecía estar siempre fuera de su alcance. Me dijo: «En casa, me parecía estar siempre trepando una escalera, pero sin poder llegar nunca al último peldaño.»

Incluso ahora, de adulto, mi amigo todavía se encuentra intentando ganar la aprobación de sus padres. Ambos han fallecido, pero sus estándares viven con él; y como no puede hacer lo suficiente para satisfacer su compulsión por el trabajo, no está en paz consigo mismo.

¿Tiendes a ser un adicto al trabajo? Esto puede reflejarse en lo que te cuesta relajarte. ¿Puedes tomarte un día libre para descansar y pasarla bien? ¿Todavía puedes sentarte tranquilamente para leer o descansar sin ponerte ansioso por las tareas pendientes? Los adictos al trabajo se deprimen cuando el almanaque (las vacaciones, los días feriados, los fines de semana) y las circunstancias (enfermedad, envejecimiento, desempleo) trastornan sus actividades.

No hay nada de malo en trabajar hasta tarde y trabajar mucho. Pero, si para sentirte bien necesitas estar activo, puedes estar creyendo que tu identidad depende de tu desempeño y no del incalculable valor que tu persona representa para Dios; este valor es independiente de cualquiera de tus realizaciones. Cuando Jesús eligió a sus doce discípulos, los llamó antes que nada «para que lo acompañaran» y después «para enviarlos a predicar y ejercer autoridad para expulsar demonios» (Marcos 3:14-15). Como alguien dijo una vez: hemos sido creados como seres humanos, no como hacedores humanos. Nada de lo mucho que hagamos para Dios puede sustituir el hecho de ser sus hijos.

Mito 3: Si no tienes poder no eres nadie

«¿Cuan importante soy?» Esta pregunta refleja, popularmente, el tercer mito de identidad. Es una cuestión de posición. Muchas personas no se sienten bien si no tienen suficiente poder, influencia o control sobre los demás. Su identidad se resume en la posición que han logrado. Estas personas, para sentir que sus vidas tienen valor y dignidad, procuran puestos de prestigio en los negocios, la política, las iglesias y las amistades.

Jack y Grace, de unos cincuenta años, eran una pareja cristiana muy afable. Como sus hijos ya eran mayores y no vivían con ellos, comenzaron a dedicar más tiempo a su iglesia sirviendo como voluntarios. Se inscribieron en varias comisiones, y se ofrecieron para enseñar en la Escuela Dominical y como líderes de estudio bíblico. Jack, recién llegado a la comisión del programa de educación cristiana, aportó su energía y vitalidad y se ofreció a presidir la comisión. Como era el único con tiempo disponible para la tarea, enseguida aceptaron su ofrecimiento. Grace participaba en el ministerio femenino de estudio bíblico, y pronto se hizo cargo de un pequeño grupo y se integró al equipo de líderes.

Después de un corto lapso en sus respectivos puestos, Jack y Grace comenzaron, sutilmente, a acaparar más poder. Jack convenció a la comisión para que cambiara el programa de educación cristiana por otro similar al que había usado cuando era maestro en otra iglesia. La comisión estuvo de acuerdo con su propuesta porque no querían perderlo. Sin embargo, el cambio de programa afectó el presupuesto de educación cristiana y provocó protestas e inconformidad entre el personal educativo, que estaba muy satisfecho con los materiales existentes. Jack expresó abiertamente que aceptaría un puesto de media jornada como director de educación cristiana.

Grace, mientras tanto, asumía poco a poco mayor liderazgo en el ministerio femenino: comenzó a usar su propio material de estudio bíblico en su pequeño grupo en lugar de utilizar el mismo material de estudio que el resto del grupo; y también ejerció su influencia en la comisión para el retiro anual femenino, encargándose de muchos de los detalles importantes. En todos sus esfuerzos, trataba de sugerir que sus ideas y métodos eran mejores que cualquier otro y que la comisión debería reconocer el mérito de sus contribuciones.

Después de unos meses, los demás voluntarios comenzaron a sentirse irritados con el subrepticio poder de Jack y Grace en sus respectivos ministerios. Los líderes de la iglesia les agradecieron sus deseos de servir, pero les pidieron que reconocieran también los dones de los demás. Viendo cómo les habían cortado sus alas de poder y prestigio, finalmente dejaron esa iglesia, para de nuevo comenzar el proceso en otra congregación deseosa de contar con voluntarios con experiencia.

Para muchas personas como Jack y Grace, la autoestima y la identidad personal están ligadas, al menos en parte, a su posición y su prestigio. No les alcanza con ser solícitas y dispuestas a ayudar cuando sea necesario. Necesitan ejercer su influencia y poder para sentirse valoradas. Si nuestra identidad y valor como hijos de Dios dependieran de nuestra posición y prestigio, la mayoría de nosotros no tendría la menor oportunidad. Una compañía no puede tener más que unos cuantos ejecutivos, una comunidad no puede tener más que algunos líderes políticos, y una iglesia no puede tener más que cierto número de presidentes de comisión.

La Biblia es clara: nuestra identidad como pueblo de Dios no depende de nuestra posición. Aunque creamos que somos importantes merced a nuestro prestigio y nuestra posición, Jesús afirmó: «El más importante entre ustedes será siervo de los demás. Porque el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mateo 23:11-12). Cristo eligió a doce hombres comunes para ser sus queridos discípulos, y pasó por alto a los líderes religiosos, henchidos de prestigio y arrogancia. Derramó su corazón a sus discípulos y les confió el ministerio de llevar el evangelio al mundo.

Podemos tener prestigio, o ser un don nadie en nuestra familia, trabajo, escuela o iglesia, pero somos importantes para Dios. Tus realizaciones pueden ser grandes o pequeñas, pero el infinito aprecio y estima que Dios siente por ti son inquebrantables. Una identidad personal sana implica miramos, ni más ni menos, como Dios nos mira.

Una identidad personal sana implica mirarnos, ni más ni menos, como Díos nos mira.

Rompe las cadenas del pasado

¿Te sientes reflejado en las páginas de este capítulo? ¿Te sientes algo desanimado porque haces que tu valor e identidad dependan demasiado de tu aspecto físico, tu desempeño y tu posición? Si es así, no eres el único. Estoy convencido de que la mayoría de las personas adultas tiene un sentido desvirtuado de su verdadera identidad. Nuestros padres y maestros, los medios de comunicación, el mundo de la propaganda y el mercado, incluso algunas de nuestras experiencias religiosas, han reforzado la noción de que nuestra identidad está compuesta por las apariencias, el desempeño y los logros. Aunque comprendamos la verdad, es difícil abandonar los patrones grabados en nuestra mente que parecen controlar dichos aspectos de nuestra conducta.

Somos como el elefante del circo con una pata atada a una estaca con una cadena de bicicleta. ¿Cómo puede ser que una cadena tan débil pueda dominar a semejante animal? El elefante permanece encadenado por un recuerdo. Cuando el animal era joven, trató de liberarse de la cadena, pero no fue lo suficientemente fuerte para lograrlo. El elefante aprendió que la cadena era más fuerte que él, y no ha olvidado la lección. Aunque ahora es lo suficientemente fuerte para escaparse, difícilmente lo intente; está condicionado al cautiverio. Si llega a liberarse, será difícil ponerlo nuevamente bajo control.

Nuestra percepción de la identidad opera de manera similar. Nos han hecho creer que el aspecto físico, el desempeño y la posición son importantes. Esta falsa noción nos tiene condicionados desde la niñez y nos mantiene cautivos, aunque sabemos que no es cierta. Saber quién eres verdaderamente te dará la fuerza para librarte de las débiles cadenas que te impiden realizar tu pleno potencial como criatura divina, única y valiosa. Como el elefante, puedes librarte de esas ataduras interiorizadas. Participa de la plenitud de la herencia del gozo, el significado y la satisfacción que nos corresponden por ser hijos de Dios. Este libro te mostrará cómo.

Para tener una idea lúcida de tu identidad

En primer lugar, para comprender quién eres debes entender quién es Dios y conocer lo que siente por ti. Reflexiona sobre las siguientes verdades acerca de Dios. Tómate un tiempo para escribir tus respuestas a las preguntas en un cuaderno o en un diario.

1. Dios es amor. En 1 Juan 4:16 leemos: «Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.»

¿Qué significa que Dios es amor? El mismo versículo también dice: «Y nosotros hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama.» ¿Qué significa que el Dios de amor te ame’!

2. Dios es el Creador. En Isaías 44:24 leemos: «Así dice el SEÑOR, tu Redentor, quien te formó en el seno materno: “Yo soy el SEÑOR, que ha hecho todas las cosas.”»

¿Qué significa que Dios sea el Creador? ¿Qué significa que Dios, el Creador, te haya creado?

En segundo lugar, para comprender quién eres necesitas prestar atención a lo que Dios dice que eres. Escucha la voz de Dios hablándote:

       1. Dios dice: «Tú eres mi hijo.» En Juan 1:12 leemos: «Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.»

Toma este versículo y hazlo tuyo: «He creído en Dios y lo he aceptado. Me ha dado el derecho de ser su hijo.»

¿Qué significa que Dios esté tan interesado en ti como para hacerte su hijo, uno de los suyos? ¿Puedes comprender lo que Dios siente por ti?

2. Dios dice: «Tú has sido escogido.» En Efesios 1:4 leemos: «Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él.»

Toma este versículo y hazlo tuyo: «Fui escogido por Dios, incluso desde antes de la creación del mundo, para ser santo y sin mancha.»

¿Qué significa que Dios te haya escogido? ¿Que no haya escogido a un gran grupo de gente, sino a ti? ¿Puedes comprender lo que Dios siente por ti incluso desde antes de la creación del mundo?

Tómate un tiempo para agradecerle a Dios lo que te ha revelado acerca de su persona. Escúchalo mientras habla a tu corazón en el transcurso de los próximos días y semanas. Deja que estas verdades de las Escrituras obren en lo profundo de tu corazón y de tu identidad.

 

 

Del Libro: Mírate como Dios te mira
Autor:
Josh McDowell, Edit. Vida

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